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Hacer una Ultra Trail siendo vegano

Hacer una Ultra Trail siendo vegano

Fuimos veganos durante un mes para afrontar una Ultra Trail

El pasado mes de enero decidí prepararme para correr una ultratrail de más de 100 kms (Ultra Trail Montnegre Corredor) mediante una dieta vegana.

No es que haya sido un corredor demasiado obsesionado por la nutrición que las carreras de ultraresistencia por montaña requieren, ya que nunca he tenido demasiados problemas digestivos, ni en carrera ni en periodos de entreno, y últimamente mi dieta era bastante rica y hasta podría calificarla de considerablemente ordenada. De hecho, siempre he opinado que una de las condiciones necesarias para llevar a cabo un entreno para largas distancias es el orden en la vida que se adquiere con el paso de los años, cuando uno empieza a trabajar con regularidad, a no salir a por todas la mayoría de noches de los fines de semana y, sobretodo, cuando llega el gran redefinidor de los tiempos y las situaciones: los hijos.

 

Sí que es cierto que últimamente había observado que bastante gente de mi entorno empezaba a seguir ciertas dietas determinadas (vegetarianas, veganas, paleodietas, crudívoras, etc.) que yo siempre había juzgado con cierta perplejidad. Pero cayeron en mis manos un par de libros que cambiaron sensiblemente mi percepción. El primero de ellos es un libro que encontré por casualidad ojeando en una librería de un autor norteamericano llamado Jonathan Safran Foer del que había leído (y me había gustado) una novela, Todo está iluminado. El libro, llamado Comer animales, trata de aproximarse a la industria alimentaria para dilucidar qué vale la pena comer y qué no, pregunta que se formula el autor precisamente en el momento en que ha tenido un hijo. Es un libro interesante, que refleja multitud de visiones y que mueve a la reflexión, seguramente porque Safran Foer es un escritor y no un activista dogmático, alguien que se plantea preguntas sinceras sin miedo a la contradicción. Al acabar su investigación, él volvió a convertirse en vegetariano, pero desde unos postulados muy poco radicales, más como una queja contra los procedimientos de la industria alimentaria y el cúmulo de despropósitos que la protagonizan (en los Estados Unidos la industrialización de la comida y su procesado llega a unos niveles tremendos) que por una conciencia neohippy de respeto a los sentimientos animales.

El segundo libro que me cambió la percepción fue Correr, comer, vivir, de Scott Jurek, un verdadero mito del interesantísimo mundo de la ultraresistencia americana (ganador 7 veces consecutivas de la Western States, de dos ediciones de la Badwater y de una de la Hardrock, además de ser autor de rutas antológicas como su solitaria cabalgata de 46 días por los montes Apalaches). Y todo ello lo ha logrado Jurek siendo vegano y cantando las excelencias de la dieta sin ningún tipo de alimento de proveniencia animal. El libro no es nada del otro mundo (supongo que el escritor en la sombra que debíó de transcribir las palabras de Jurek quizás no fuera demasiado talentoso), pero el relato de las carreras es apasionante (obviamente si te interesa el mundillo) y sugiere unas pautas de alimentación vegana interesantes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estos dos libros llevaron a plantearme cómo ha sido posible que no me haya sentido nunca llamado por el vegetarianismo. Evidentemente, yo nunca me alegro por la muerte de ningún ser vivo, ni apruebo la lógica de una industria que tiene como objetivo maximizar sus beneficios a partir de la cantidad de carne que produce, con cierta independencia de la calidad, pero ello nunca consiguió moverme hacia el vegetarianismo. Recuerdo una experiencia iniciática con mi madre en un matadero de pueblo donde un carnicero degolló delante mío un corderito lechal para nuestra barbacoa. Recuerdo la sangre a borbotones manchando el pelo inmaculado de la pobre bestia y la mezcla de asco y pena que me hizo empezar a llorar desconsoladamente, antes de que mi madre me sacara apresuradamente de allí. Pero bien, unas horas más tarde me comí contentísimo las costillas de ese corderito gracias a haber podido construir una oportuna elipsis entre el malogrado animalillo y lo que había en mi plato. Las dos escenas no estaban ni por asomo relacionadas. Y esta elipsis la he sabido conservar hasta hoy en día.

La toma de conciencia de la existencia de esa elipsis me llevó a una determinación: voy a intentar hacer como el bueno de Scott, al menos durante un tiempo. Voy a ser consecuente y a convertirme en vegano durante un mes, para contrastar cómo están presentes los productos animales en nuestras vidas y cómo me sienta correr comiendo solamente vegetales. Como no pienso modificar en absoluto mis hábitos de corredor (mi entreno se basa en ser un corredor - commuter que a base de trayectos cortos sumo kilometradas bastante interesantes, ya que voy y vuelvo del trabajo corriendo), al final del mes de marras me apuntaré a una ultra de 112 kms que se disputa no demasiado lejos de mi casa (la Ultra Trail Montnegre - Corredor).

Entiendo que un mes no permite llegar a ninguna conclusión definitiva y que mis razones pueden parecer superficiales e incluso frívolas pero, por contra, creo que seré capaz de percibir algún cambio y ello seguro que me permitirá establecer ciertas conclusiones. Lo que sigue es el relato resumido de este mes de veganismo y trail running.

La primera semana vegana fue la semana de la novedad. No fue difícil de sobrellevar ni fui demasiado consciente de las diferencias gracias a todos los requerimientos del proceso de adaptación. Me hacía gracia verme en todos los casos embarazosos del neovegetariano: preguntando a todas horas qué llevan las cosas que comes. Tengo que afirmar que las respuestas no siempre son demasiado amables: camareros que te miran como si estuvieras chalado, dependientes que te tratan como a un enfermo o seguratas de supermercado que fruncen el ceño cuando te ven comparando listados de ingredientes de unos cuantos productos. Y por no explicar situaciones más íntimas como la cara de mi suegra devolviendo a la olla el arroz con gambas o de mis propias hijas sorprendidas de que su padre no cuente en el momento de repartir el jamón ibérico. La primera fue la semana de la pasta, con todo tipo de sofritos sin carne y, obviamente sin parmesano, y de la olivada, único ingrediente habitual en los supermercados que puede uno untarse en un pan sin convertirse en sospechoso. En mis entrenos no detecté ningún cambio destacable: seguí realizando mis trayectos pendulares de entre 9 y 17 kms con más o menos fatiga, pero con sensaciones más o menos conocidas. Fisiológicamente tampoco detecté demasiado cambio, y lo atribuyo a que basé todas las comidas serias en la combinación de pasta con ensalada, una dieta ya habitual anteriormente.

 

La segunda semana fue la más dura. Empecé a hartarme de la pasta a todas horas y de la recuperación de las legumbres. No echaba de menos platos carnívoros sinó los ingredientes que acompañan a platos de pasta o legumbres, las salsas provistas de queso, huevos o carne. Y también me harté del fuerte sabor de la olivada, que no combina demasiado bien con el café con leche (de arroz) del desayuno. Echaba de menos también el pescado (atún, anchoas o salmón) para acompañar mis ensaladas.

Además veía mi vida social tremendamente complicada. Comer o cenar fuera era una quimera: repasando los menús comprobaba que ni repitiendo primeros encontraba nunca dos platos completamente veganos. Pese a ello, persisto en la dieta y llegan las primeras percepciones de cierto cambio: peso 2 kilos menos (de 72 a 70). Al final de la semana descanso un poco para hacer una tirada más larga de cara a preparar el ultra que correré al cabo de 15 días, y durante esta salida (de unos 40 kms.) me siento bastante flojo, como si me faltara punch. Me dedico a trotar lentamente y aguanto bien, pero encuentro cierta debilidad de piernas, que a dos semanas de la carrera me preocupa un poco.

Durante la tercera semana me salvó el descubrimiento de un restaurante vegano cerca de mi casa, el Veggie Garden, al que acudí un par de veces. Los tres platos que pedí la primera vez con el ánimo un poco escéptico los encontré exquisitos: una crema de verduras con algún ingrediente no identificado que me encantó, un plato tailandés glorioso a base de arroz con distintas salsas de verduras y un crumble de manzana que parecía hecho con mantequilla. Y gracias a ello empecé a percibir que había estado bastante equivocado: convertirse en vegano no debe ser una historia de renuncia sinó de cambio. No tenía que seguir con mi antigua dieta empobrecida por la renuncia a ciertos ingredientes o acudiendo a sucedáneos, sinó abrirme a nuevas y desconocidas recetas. De este modo entraron en mi casa ingredientes desconocidos (el tempeh, unas barritas curiosísimas a base de soja fermentada; algas para cocinar el arroz; legumbres desconocidos como los azukis; postres realizados con plátano y crema de anacardos, etc.) y me dediqué a cocinar platos que ya conocía pero que elaboraba en muy pocas ocasiones: el hommos, el mutabal, patés de verduras,... Mi peso al levantarme siguió estando en los 70 kilos y los entrenos de la semana fueron aceptables, pese a cierta tendencia a la fatiga que podría también explicarse por una repetida falta de descanso, un fallo habitual en mi modo de correr. Un par de días decidí renunciar a correr y lanzarme a la odisea de coger el transporte público para intentar recuperarme, y el fin de semana no hice ninguna actividad intensa (a lo sumo, una excursión montañera familiar).

 

La cuarta semana es obviamente la semana de las dudas. Uno de los días mi báscula llegó al 6 en las decenas, algo que no sucedía desde hacía probablemente un par de décadas. Sigo instalado en la nueva dieta: hommos, pasta con verduras o con legumbres, mucha ensalada con algunos frutos secos, escalivada, etc. A partir del martes descanso casi total (algún día cojo la bici para ir al trabajo y el jueves vuelvo trotando unos 10 kms. a ritmo muy lento para deshacer los nervios).

 

 

 

 

 

 

 

El día de la carrera, después del obligado madrugón, me planto en la línea de salida con un arsenal de barritas de cereales, algún gel y unas bolas de arroz apelmazado con frutos secos que suplirán la falta de consideración de los avituallamientos de las carreras con los pobres corredores veganos (pese a que, oh, sorpresa!, existe la opción vegetariana en los avituallamientos). Puedo comer bastantes cosas: pasta con verduras y aceite, dulce de membrillo, pan con tomate y todo tipo de fruta, por lo que no me siento verdaderamente desatendido. La única cosa que lamento profundamente es no poder tomarme el caldo de pollo Aneto que sirven calentito en la mayoría de avituallamientos, con las bondades que posee el caldo para las carreras largas: caliente, graso, salado, líquido…

Empiezo la carrera bien, a buen ritmo y situándome más o menos en la décima posición, hasta los primeros atisbos de crisis, en torno al kilómetro 40, cuando hace aparición la fatiga. Se trata de una carrera muy corrible y ello siempre me acostumbra a pasar factura; echo de menos las subidas pirenaicas de hora y pico para reponer los músculos corredores.

Los 30 kms siguientes son verdaderamente duros. Consigo mantener un ritmo bastante agónico (pese a que mi trote de supervivencia no es demasiado lento) mientras que a los problemas físicos se van uniendo los mentales, tan típicos de los ultras aunque haya corrido más de una trentena: en momentos malos no somos capaces de recordar que en carreras tan largas hay grandes altibajos y todo se te pasa. Voy repitiéndome el mantra "siempre hay un ritmo posible" e intento minimizar pensamientos para ponerme a trotar tanto rato como pueda y, en caso de imposibilidad, a andar! La estrategia parece funcionar y después de una crisis total (en el km. 70 dudo de si vale la pena seguir arrastrándome, pero la repatriación en coche me apetece menos que seguir), consigo animarme al comprobar que apenas me falta una maratón a meta. Pese a la crisis no he perdido demasiadas posiciones y estoy más menos en el puesto 15. Persiste en mí una cierta sensación de debilidad como la de los entrenos de las últimas semanas, y pienso que son las sensaciones que deben achacarse a la dieta vegana. Pienso en Scott Jurek y en su teoría de correr ligero gracias a los vegetales. Cambio el mantra que me mantiene en carrera: "Soy un organismo optimizador de recursos, un corredor con lo mínimo a cuestas, un equilibrio finísimo pero que puede seguir corriendo eternamente". Y me lo creo. Y debe de ser cierto, porque consigo estirar este trote debilucho pero rápido a lo largo de los caminos.

Instalado en este buen rollo conmigo mismo, con Scott Jurek y con el cosmos, van pasando los últimos kilómetros, los mejores de estas carreras, en los que incluso ya anticipas la nostalgia de dejar de correr. La gente te anima y tu respondes, encuentras a otros corredores y los entiendes perfectamente: tanto a los que están de subidón que te pasan como una exhalación y actitud de suficiencia, como a los que te miran cuando les superas con los ojos hundidos de quien desea que esto se acabe ya de una vez. Hemos sido ellos otras veces, y de hecho lo somos incluso ahora. 

La llegada de una ultra siempre es preciosa. Aunque sea de noche y sin demasiada gente. La más henchida de las satisfacciones te recorre de arriba a abajo y se instala dentro de ti para una buena temporada. Llegues el 12 (como es el caso), el 3 o el 250. Saludas a algún corredor a quien vuelves a ver, buscas una prenda de abrigo y valoras el estado de las piernas entumecidas. Esta vez el experimento vegano cambia un poco la percepción. Me da la sensación de haber corrido con menos punch pero con más solidez, con un correr ligero y eficiente que no recuerdo en ultras anteriores. Las conclusiones son contradictorias pero interesantes porque parecen plantearte una disyuntiva entre potencia o ligereza, entre velocidad o eficiencia.

Recuerdo que en la llegada de Vallgorguina me senté junto a un amigo con quien compartí los primeros kilómetros y entonces vino una voluntaria con la gran pregunta: tomarás bocadillo de butifarra?

 

 

Material usado en la Maratón de Nueva York

 

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